sábado, 27 de junio de 2015

Esencia perdida

A pesar de aborrecer el género literario del ensayo...

Cuando era creyente, cuando era niño, y hasta los primeros años de pubertad, no necesitaba escribir ensayos, conversaba mentalmente con el creador. Al principio era con precaución y temor divino, manteniendo una prudencia moderada lo cuestionaba o le pedía favores; con el tiempo le perdí el respeto y hasta lo provocaba. Con timidez fui soltando la idea de su existir. De teísta pasé a deísta, de deísta a agnóstico, y finalmente me convertí en ateo. A la falta de credibilidad en un escucha mental la compensé con la palabra escrita; real, certera, perdurable hasta que me irritase con mi yo del pasado y despedazara sus oraciones.

El ensayo a propósito de Yo es el único que me sale con naturalidad, como el padre del ensayo lo hubiese querido, Michel de Montaigne. De otra forma no me convence, ni me gusta. Comparar, ofertar ideas, decir lo que alguien más dijo, refutarlo, afirmarlo, extenderlo, resumirlo. Hay ideas que me parecen originales y las desarrollo. Luego me doy cuenta de que a alguien más ya se le ocurrieron y que incluso ya las ha desarrollado mucho mejor; tanta perdida de tiempo es infernal. Maldito sistema escolar que requiere tanta de esas baratijas para aprobarte.

Hay muchas tonterías que se dicen sobre la transición de niño a adulto. Una de ellas tiene que ver con la perdida de la inocencia. Pienso que hasta los más cabrones, de lomo canoso, a veces pecan de inocentes. Qué es la inocencia sino creerse un cuento. Para vivir acorde a lo que uno hace y a lo que uno siente y piensa, hay que creerse un cuento. Porque los humanos no podemos vivir por instinto, hemos perdido esa facultad. Tendemos a deprimirnos si no hay un cuento atrás (mito personal) del porqué hacemos lo que hacemos (el sentido).

Perdí mi esencia cuando abandoné mi cuento. Eso es lo que se pierde en la transición. No es sólo la ridícula visión de niño la que se pierde, es una cadena que comienza con el cuento y termina con la esencia. Y si, el cuento de un niño para vivir su día con día está plagado de fantasías, fe, ilusión, y es en extremo inocente... o, y también, es lo más cercano a vivir por instinto. Es una deliciosa mezcla que potencializa la esencia. Yo estaba lleno de confianza y quería con pasión y respetaba mis sueños como firmes augurios. Abandonas el cuento sin darte cuenta de ello. La adolescencia es la etapa en la que vas taponando vacíos. Las experiencias van cortándote tu mitología.

Ahora que recuerdo, yo soy de una generación educada en parte por el televisor. Es muy seguro que las bases de mi personalidad se encuentren en caricaturas japonesas y series gringas, quiero decir, en personajes de esos programas. Por eso supe que era mi esencia lo que me faltaba cuando veía tan desabrido mi alrededor, el contraste entre un yo tan colorido y uno tan grisáceo sólo podía explicarmelo como la perdida de algo en mi, algo que emanaba vitalidad. A lo mejor pensé en el alma. Pero no creo, para esos entonces mi relación con Dios y el mundo espiritual eran parte de ese pasado fabuloso.

Reconfigurarme fue difícil. Conocer personas, jugar a creer en cuestiones religiosas aún más extraordinarias que con las que fui adoctrinado. Ser fan de escritores, de países, de personajes de novela, de historias de personajes de novela. Identificarme simbólicamente con animales, colores.... en fin.

A veces digo que el sin sentido es mi sentido. No es verdad, me engaño porque me gusta la literatura del absurdo. Lo que hago lo hago casi siempre para ser recordado después de muerto, y para alcanzar a probar lo que considero sería la buena vida; una casa a mi gusto, una relación de pareja ideal, una cotidianidad sin estrés. También tengo un fuerte sentido por la justicia y por el equilibrio. Y por si no se han dado cuenta, me es importante aclarar mi mente de tanto en tanto. No sé si eso sirva para algo, pero me hace sentir más seguro y logra hacerme conciliar el sueño. Buenas noches.
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