miércoles, 26 de mayo de 2010


Diablos sin tragedia


Sonó la puerta; con anticipación sabía quien era por la forma en la que la golpeaba.


Había invitado a 2 que 3 pero no más de 7 pero si menos de 6 amigos. En realidad yo no los había invitado, ellos solos por sus medios se colaron efusivos para verificar como me encontraba, y para repartirse la hierba. Mi casucha estaba hecha una reverenda porquería, y yo estaba peor y apenas me podía levantar del suelo… así que envíe a uno de mis subordinados a correr al tío con gafas oscuras, pelo en pecho, que nuevamente llamó nervioso a la puerta.

Jodorovski. Lo había enviado la abuela a cobrar el alquiler y mientras yo, me moría de hambre y no tenía ni un puto centavo. El tipo tartamudeaba sudando hasta cuando reía. Monseñor Jodorovski también era conocido como “Joderos a tú…” el final siempre variaba según el gusto de cada deudor.

La abuela al parecer había decidido continuar viva hasta recibir el pago total del adeudo.

Llevo tres días sin comer y el tarado de Josue ya invitó a pasar cordialmente a monseñor Jodorovski… ¡Maldito calabacín traicionero!... más ahora recuerdo que aquel tipo es nuevo, lo conocimos si acaso… lo conocieron si acaso antier y ahora lo aprecian más que a mí, debe ser porque es simpatiquísimo y los provee de hierba buena, barata y en bolsitas.

Debería comprar uno de esos perros rudos que regalan en las perreras; mi primo dice que funcionan los primeros meses y después de un año se vuelven consentidos como Pantufla, la perra de la vecina; un estuche de monerías que olvidó como ladrar… mientras pensaba en esto, Jodorovski ha amenazado con timidez en desalojarme.

Tal vez debería eliminar a la abuela con mis propios métodos. Pero entonces la prima Marisol se quedaría con todo, ya que seguramente ella es la heredera, su adoración… relinchando de títulos, premios y condecoraciones. Desbordante de éxito.

Al no recibir ni un suspiro, el cobrador se ha ido; lo ha hecho derrotado, preocupado, cuidando cada paso para no derrumbar los bloques de periódico, cubriéndose la boca y las fosas nasales para no inhalar el humo intoxicante, y cerrando la portezuela lentamente para que no se venga abajo… le ha pasado antes. Dio tantas muestras de  arrepentimiento que terminó reparándola, desde entonces funciona a la perfección, pero él no se arriesga a pasar por lo mismo.

Los demás habían terminado ya las transacciones, y yo seguí ahí tirado. El techo verde limón se caía a pedazos. Cerré los ojos y junté las manos sobre el tórax. Olvidé cuanto tiempo pasó desde entonces. Luego los abrí, giré la cabeza y pude ver que la puerta seguía abierta, pero enfoqué toda mi atención en un papel doblado que se encontraba entre ambos, la puerta y yo. El aire calido que entraba por la ventana lo arrastraba a la salida. Sentía unas ganas enormes de levantarme e ir corriendo a tomarlo, como si el papel me amenazara con largarse. Así que, me apoye en un costado para darle la espalda e ignorarlo. Pero su presencia me gruñía con fuerza y era incluso peor que cuando lo veía; la tinta impresa comenzaba a desbordarse, el papel sangraba como loco, y la mancha se extendía, eclipsando la superficie, devorándola para dejar en su lugar un tremendo orificio. Finalmente me tocó con su baba negra y húmeda.

Me di la vuelta horrorizado. El papel estaba quieto, apenas distando unos centímetros de mí. Extendí el brazo. Lo alcancé. Era un volante. “Pizza y refresco por 25$”. Se me retorcieron las tripas. Por detrás tenía un mensaje escrito a pulso, simple y elegante; era la nota de uno de mis muchachos, decía que esta noche tendría una cita con alguien muy especial, y se despedía con una carita sonriente guiñando un ojo. Por supuesto que lo primero que se me vino a la mente fue la imagen de una mujer madura, atascada de maquillaje, con escote, tacones altos, mini-falda y medias.

Recostado en mi cama a la media noche, escuché tocaban a la puerta, no había podido pegar los parpados y ahora me sentía indispuesto a levantarme, abrir la puerta y conversar, para por último  retozar como conejito con la linda mujerzuela en mi pequeña pocilga.

Una vez más, como era de esperar, se escucharon los golpes. Me quede paralizado; ahora habían resonado con gran furia, y el sonido no provenía de la entrada, si no de la mesa circular a unos metros de la habitación, la cortina que me impedía la visión se elevó con el viento, revelando lo que parecía ser la silueta de un sujeto.

Contuve la respiración, porque me era similar al bufido que emite una maquina de vapor. Pronto la cortina se plegó, y lo que lejos era una figura oscura, una sombra,  ahora era una criatura similar a un ser humano, pero sin piel. Músculo y cartílago a la intemperie, atravesado por venas y arterias cual gusanos. Cuanto más se acercaba, más podía distinguir una sonrisa violenta en su rostro. Luego se sentó a mi lado, enrojeciendo las sabanas. Me miró, sin verme todavía, porque sus ojos eran como canicas de hueso sin vida, como los de un muñeco. Sin embargo no dijo una sola palabra.

Entonces yo comencé a suplicar por mi vida; un recital desesperado de balbuceos, siseos y murmullos ininteligibles. Y el diablo habló, con una voz profunda y chirriante, ebria y rancia, que enmudeció la mía. Quiero tú alma, dijo él. ¿Cuánto ofreces?, pregunté por mera costumbre. Riqueza, poder, encantadores gozos terrenales hasta la tumba, respondió. Acepté sin pestañear (no era una opción, estaba inmovilizado) y con tanta emoción hasta le estreché la tibia mano despellejada.

Y así fue como estafé al diablo vendiéndole mi alma que no valía ni un centavo… ¿Qué cómo lo sé? Después del coma que sufrí  tras su llegada, él volvió, en su patética forma de sátiro con cola de terodáctilo. Pretendía asustarme con una danza chusca y llena de rabia, luego gritó su pena. Asqueroso mortal desalmado… tú alma no me sirve ni para limpiarme los sobacos, chilló mientras se alejaba trotando.


    La abuela finalmente murió, como era predecible no me heredó la casucha, pero para mi sorpresa tampoco se la dejó a mi prima Marisol. Jodorovski fue el afortunado. Al parecer sostenía amoríos con la abuela; esto me lo dijo su esposa, a quien conocí por casualidad en el supermercado y quien decidió desquitarse conmigo en la ducha. Se divorciaron. Él se quedó con mi casa y yo me quedé en su casa a vivir con su mujer. Más tarde el pequeño Josue dejo de ser un novato e hizo crecer su propia microempresa. Hoy por hoy es uno de los grandes jefes de la mafia; alias “el Mesías”. Por los buenos tiempos (?) me obsequió un buen montón de plata, y un viaje a Dinamarca… de ahí no volví jamás.



                                                          Jeeee-ha!

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