martes, 4 de agosto de 2015

Ángel de la discordia

Sinceramente me apasiona debatir con creyentes católico-cristianos. De todas las huestes religiosas, quienes creen en la Biblia como sagrada verdad, son aquellos que más se aferran a proclamarla verdad absoluta; no abiertamente, sino que al ser inflexibles con la realidad de sus mitos, se da por sentado que van más allá de la creencia, llegan a un estado de fanatismo y ceguera asociados a la fe.

Es imposible hacer cambiar de opinión a un fiel de Cristo. El miedo a desconfiar de su dios por ser castigado, las experiencias que no puede explicar y que atribuye a la acción divina, el adoctrinamiento que ha seguido desde niño, la vida religiosa que le ha proporcionado paz, como toda vida religiosa y ritualista es capaz de proporcionar, sea cual sea la religión. Todo ello lo hace incapaz de comprender otra realidad a la suya, mucho menos otra verdad. Si las creencias fueran organismos infecciosos, estas ya habrían infestado a su habitante formando una perpetua simbiosis.

El hombre religioso no se desvanece, no se extingue. Hoy más que nunca, cuando muchos alzan la bandera de la era moderna, con tecnología de punta, y la ciencia descubriendo tantas curiosidades y resolviendo problemas biológicos... el hombre religioso se jacta de que los elementos principales que conforman su religión (divinidades y materia espiritual) no puedan ser desmentidos.

Pero aunque supiesen la historia de su religión; sus bases, su historia, su razón y naturaleza humana, aún así descalificarían toda la evidencia y planteamientos lógicos, por su conocimiento mítico, su realidad religiosa. 
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